El Proyecto

Foto Agustín Ibarrola realizada por Ricardo Murad en 1986

A principios de la primavera de 1986 recibí el encargo de hacer un reportaje en Ipar / Euskal Herria. El formato propuesto era lo que se conoce como «grandes reportajes», había que cubrir diferentes aspectos que incluían gastronomía, deportes y cultura. Llegué al caserío Kursiñe donde me recibieron Agustín Ibarrola y su esposa Mari Luz. El trato cercano y familiar fue una constante durante todo el reportaje, aunque no dejó de sorprenderme la amabilidad y cercanía de mis entrevistados. Me impresionó mucho la obra y el estudio donde trabajaba el artista. Me enseñó ilusionado el proyecto de un libro de fotografías que estaba haciendo Heinz Hebeisen, un fotógrafo suizo muy creativo, quien – como supe después – también era colaborador de GEO como yo. ... Veinticuatro años después volví al caserío ya con mi hija pequeña.

Como si el tiempo se hubiera quedado congelado, otra vez cercanía personal, compartimos un refresco y le conté mi proyecto de utilizar una tecnología de la que fui betatester para Apple en 1994 para realizar una visita inmersiva del bosque. Hice un prototipo.

Aún tuvieron que pasar seis años para retomar el proyecto, pero con un cambio de enfoque.

Cuando conocí a Gabi me impresionó su capacidad para relacionar el vasto conocimiento que posee y aplicarlo a nuestros temas de conversación. Mi experiencia en desarrollos interactivos me hizo dudar de la forma en que se percibiría un «Bosque de Oma digital». Los contenidos se pierden en el maremágnum binario, así que surgió la idea de hacer un libro de papel con contenido digital.

Desde el punto de vista fotográfico, se podía realizar con equipos que un año antes no existían y obtener una calidad inusitada, pero desde el punto de vista literario no quisimos repetir lo que ya estaba hecho, así que propuse que Gabi diera su visión de la obra y del impulso creativo de Agustín Ibarrola. Así, el índice tradicional se transformó en un índice conceptual que agrupara la obra, y mi trabajo consistió en ilustrar esos conceptos, además de llevar a cabo una sesión de foto fija de las vistas oficiales, pero en contexto.

Cabe destacar la intención de un enfoque minimalista en fotos, maquetación y fuentes, y, en este sentido, personalmente llegué a la conclusión de utilizar el bosque como un lienzo. De hecho el único color que aparece en todo el libro es el de la obra y el del retrato del propio Ibarrola. Como fotógrafo de «la vieja escuela», prefiero hacer las fotos «definitivas» sin postproducción ni encuadres posteriores, así que la decisión de eliminar el color del bosque supuso una seria reflexión.

La visita virtual permite explorar el bosque tal cuál es para obtener una visión de conjunto que complementaría el libro impreso.

Ricardo Murad, primavera de 2017

Hace algunos años, al conocer a Ricardo Murad, supe por primera vez de la existencia del Bosque y de Agustín Ibarrola. En ese momento, existía un prototipo basado en panoramas 360, que me encantó. A partir de nuestro vínculo amistoso se vino consolidando la idea de un foto-libro. Siendo así que queríamos alcanzar a un público lo más amplio y variado posible, considerábamos que los textos debían ir en cuatro idiomas: español, inglés, alemán y francés.

En la primavera de 2016 emprendimos juntos un viaje a Euskadi, Ricardo con el propósito de completar la parte fotográfica, y yo, aún bastante indecisa e insegura de cómo debía abordar mi trabajo. Solo tenía clara una cosa, a saber, que lo que iba a escribir no debía parecer una repetición del material que ya existía. Ya la subida al bosque suponía todo un reto. Desde el cercano Kortezubi es cuestión de superar unos cuantos kilómetros de subida para llegar a la entrada del circuito. En principio nada fatigoso, se podría pensar, pero cargados con unos kilos de equipamiento fotográfico, la cosa cambia. Nunca antes me había costado tanto esfuerzo el llegar a abrazar un árbol y de recibir un beso a cambio.

Las primeras paradas las iba pasando relativamente indiferente. Aún no me había alcanzado la magia del lugar. Hacía frío y el cielo estaba cubierto, ciertamente un buen día para tomar fotos. Mi inspiración se hacía de rogar. Ya habían pasado un par de horas. Entre toma y toma, entre parada y parada, había ido apuntando un par de cosas, cuando comencé a ver y relacionar el bosque en otros contextos y conceptos distintos. Me había alcanzado lo que los romanos llamaban el ‘genius loci’. Esperando a que me hiciera efecto, aún cometí algunos fallos cronológicos más hasta que me di cuenta que no era cuestión de seguir ninguna cronología, de que antes bien se trataba de ver y sentir en conceptos. Y así lo fui haciendo, con creciente entusiasmo.

El resultado son unos impulsos conceptuales, que me han ido conduciendo desde la psicología jungiana hasta el vuelo mágico de Mircea Eliade. Ponerlos por escrito luego resultó ser relativamente fácil, dado que comparto con Agustín Ibarrola el amor por el arte y la inquietud de ponerlo al alcance de todo el mundo.

La bajada a Kortezubi la emprendimos ya entrada la noche y completamente a oscuras. Llegamos agotados, pero reconfortados por la experiencia.

Gabriela Dörflinger, primavera de 2017